Sótano

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Nadelina se acostumbró a dejar la taza del café siempre en el mismo sitio. Luego comenzó a ordenar cada elemento de su vida; la ropa guardaba un estricto orden de colocación, los muebles se alineaban con las baldosas… Forzó sus costumbres y sinrazones. Pensó que no tenía derecho a vivir. Por eso se refugió en la casita de papel que guardaba en el sótano. Notaba como las fibras vegetales acariciaban su piel, o como reconfortaba su alma la pulpa de celulosa. Nadelina cantaba sottovoce y así pasaron los días. No se dio cuenta de que cada vez aumentaban las horas de estancia en la casita. Llegó el momento en el que no volvió a salir nunca más. El resto desapareció y sólo quedaron las ruinas. El tiempo sigue su curso mientras ella tararea. Arropada por las texturas del papel, continúa soñando y creando mundos posibles.

César Martín

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